Siglo
XX
•1. Una
primera oleada de migrantes —principalmente españoles— durante los siglos XVI y
XVII.
•2. Una
migración de santandereanos a partir de la segunda mitad del siglo XVII
orientada hacia el cultivo del tabaco en el piedemonte de Casanare.
•3.
Una migración de europeos —en su mayoría alemanes e italianos— tuvo lugar a
partir de la segunda mitad del siglo XIX (1850), los que se dedicaron al
comercio de exportación e importación por el río Meta.
•4.
Una migración de venezolanos también tuvo lugar durante la segunda mitad del
siglo XIX; ellos escapaban de la situación política que reinaba entonces en
dicho país; se concentraron en localidades como Arauca, Orocué, Cravo,
Puerto Rondón, y en las zonas rurales circundantes. En su mayor parte los
venezolanos migrantes se dedicaron al negocio de la ganadería.
•5.
Existió una importante migración de europeos al Llano araucano durante y
después de la Primera Guerra Mundial (1914-1917). Allí llegaron especialmente
italianos, sirio-libaneses que se concentraron especialmente en Arauca y se
dedicaron al comercio local e internacional por el río Arauca. Estas
migraciones anotadas arriba lo fueron de poblaciones que se asentaron en la
región y que establecieron vínculos consanguíneos y sociales con la población
local.
Historia de la Colonizacion
El
período radical (1863-1885) Durante este período, el sistema federalista
apoyado por los liberales permitió a los estados de los Estados Unidos de
Colombia asumir una gran autonomía
política. Sin embargo, los
Estados se desentendieron de sus territorios marginados, ocasionado en gran
medida por la falta de recursos y a la crisis económica. Por tal motivo, el
gobierno central sumió la tarea de
fomentar el desarrollo material y la colonización en estas zonas
convirtiéndolos en territorios nacionales. En 1868, el gobierno nacional creó
los territorios nacionales de San Martín y Casanare separándolos de los Estados
de Cundinamarca y Boyacá, respectivamente. En ellos, el gobierno central se
preocupó por la construcción de vías de
comunicación que permitieran vincular estas regiones con los circuitos comerciales.
Producto de esta iniciativa, se construyó el camino entre Bogotá y Villavicencio en 1869, y se desarrolló un
incipiente transporte fluvial por el río Meta en 1881.
El
período regenerador (1886-1899) Luego de la guerra civil de 1885 y la
promulgación de la constitución política de 1886, los conservadores se establecieron en el poder. Este período,
conocido como regeneración, significó el retorno a las tradiciones políticas que
se habían perdido con los radicales fundamentados en un Estado central fuerte.
En este nuevo régimen, en un principio,
el Estado se desinteresó por tener contacto con los Llanos Orientales y dejó
esta responsabilidad a los departamentos, unidades administrativas que
reemplazaron a los estados. Sin embargo,
en 1893, a causa de las divergencias limítrofes entre Colombia y Venezuela, el
Estado colombiano creó un sistema de Intendencias Nacionales, las cuales
llevaron nuevamente a la separación de Casanare y San Martín de
sus respectivos departamentos.
La
importancia adquirida por los Llanos Orientales por parte del gobierno nacional
permitió el mejoramiento de las vías de comunicación, el desarrollo de la
navegación a vapor y el aumento de las actividades agropecuarias. Las vías de
comunicación fueron impulsadas por la construcción de la carretera de Bogotá a
Villavicencio en 1888, al tiempo que se pensó en un proyecto de construcción de una línea férrea
entre Bogotá y un puerto navegable del río Meta en 1893. Asimismo, se instauró
un servicio fluvial de vapores por el río Meta entre 1893 y 1899. En el aspecto agrícola, las haciendas
llaneras vivieron el boom de productos agrícolas destinados a la
economía mundial, como el café, el cacao, la caña de azúcar y el caucho. finalmente, la cría de ganado se favoreció
por la mejora en los pastos y el cruce de razas. El desarrollo de estas
actividades agropecuarias ocasionó la expansión de la frontera agrícola,
así como luchas por la tierra en la
Intendencia de San Martín.
Entre
los años de 1949 y 1965, Colombia conoció una violencia rural que algunos
califican como la guerra civil más sangrienta. Este fenómeno desarraigó tanto
física como espiritualmente a una porción enorme del campesinado colombiano y
gran parte de éste migró hacia los Llanos en busca de refugio, adecuando
tierras, estableciéndose en ellas y desplazando a los grupos nativos que allí
habían sobrevivido.
En
los años sesenta, cuando la Alianza para el Progreso propuso el tema de las
reformas agrarias, se pensó en que no solamente el latifundio tradicional de
explotación irracional de la tierra era un obstáculo para la modernización,
sino que éste latifundio tenía su complemento necesario en el parcelero
minifundista. Por esta razón, el economista norteamericano Lauchlin Currie
preconizaba una política de estímulo a la emigración masiva del campo a la
ciudad con el objeto de crear una reserva de mano de obra no calificada que se
emplearía en labores de construcción.
Bajo
el peso de las circunstancias antes señaladas y dentro de las cuales la
violencia y la migración fueron una constante histórica, las creencias
tradicionales; las formas comunitarias de asociación; la adhesión irrestricta a
la figura paternalista de los curas e inclusive nexos más fundamentales como
los de la unidad doméstica, sufrieron una conmoción de tales dimensiones que
hoy resulta difícil encontrar rastros de una sociedad tradicional en Colombia.
Estos
territorios han servido secularmente de zona de refugio y de confinamiento de
“Revolucionarios” y de individuos considerados socialmente marginales:
“delincuentes”, “malhechores”, “bandidos”, “guerrilleros”, etc.
Las
reducciones o pueblos de indios fundados por los jesuitas en los Llanos
sufrieron las reiteradas incursiones de los Caribes, que tuvieron el mismo
propósito de proveer de piezas de esclavos a la Guayana. Las escoltas militares
destinadas originalmente a la protección de las misiones de la compañía de
Jesús, cumplieron también la función de “Tropas de rescate”, de piezas que
capturaban en sus expediciones a las inmediaciones del río Meta. Estas piezas
eran incorporadas a distintas labores en las haciendas y reducciones de la
Compañía, pero comúnmente después de su captura eran vendidas “a los vecinos de
los Llanos con el consentimiento de los misioneros, a cuenta de ganado, mulas,
caballos y de frutos de la tierra” (Informe Secreto. 1739, FLS. 278, 280).
En
este nuevo contexto no se trataba de capturar fuerza de trabajo nativa en
calidad de esclavos, sino de ocupar tierras, establecer cultivos y de fomentar
la ganadería, lo que en síntesis fue
valorizando las nuevas posesiones que progresivamente se incorporaron al
régimen de propiedad vigente y a la dinámica económica el país.
La
incursión de colonos y de ganados a los territorios de habitat
indígena plantearía en consecuencia una situación de conflicto interétnico
permanente. A partir de 1870, época en la cual las relaciones de contacto entre
colonos e indígenas fueron más frecuentes, la práctica de acciones violentas y
de exterminio se convirtieron en una constante histórica regional.
Las
diferencias estructurales entre los grupos indígenas sobrevivientes de los
Llanos, incidirían históricamente en la naturaleza de sus relaciones con los
“Racionales”. Los grupos “nómadas y salvajes” vivirían en guerra con los
colonos, en tanto que los grupos “horticultores y sedentarios”, dedicados a la
producción de yuca brava y a la elaboración y comercialización de cazabe y
otros bienes, establecerían relaciones de intercambio desventajosas con los
colonos, comerciantes y “aventureros”, y serían víctimas de éstos mediante los
sistemas de “endeude” y las acciones coercitivas que caracterizaron el primer
período de auge cauchero en el oriente colombiano.
En
una dinámica de formación de fundos, de establecimiento de nuevos hatos, de
expansión de la frontera ganadera y, en fin, de avance colonizador ya no sólo
en el pie de monte sino también en las sabanas de Arauca, Casanare y Meta, se
fue configurando un fenómeno regional importante para comprender los conflictos
que en las décadas siguientes persistieron entre colonos e indígenas. El avance
de hombres y de ganados sobre los territorios étnicos restringía cada vez más
la movilidad espacial de los grupos nómades cuyos sistemas adaptativos y de
reproducción exigían el tránsito estaciona determinado por los períodos
extremos de verano e invierno.
Ese
avance colonizador impedía progresivamente el acceso de los nativos
a las zonas de caza y de pesca, tanto en los bosques de galería, como en
la extensión de la sabana, fenómeno
éste que se
tradujo para los grupos nómades
en la disminución creciente de proteína animal y vegetal y, en general, en una
tendencia escasez de bienes de consumo. Esta situación fue resuelta por los
grupos Cazadores Recolectores mediante la cacería del ganado cimarrón disperso
en la sabana, lo mismo que mediante el asalto a los hatos. En este orden de
ideas, el avance de la ganadería extensiva constituía una amenaza para la
reproducción de los cazadores recolectores, en tanto que ocupaba y destruía los
nicho de otras especies de animales silvestres de la región. En consecuencia,
los asaltos de los grupos nómadas a los
hatos no sólo tuvieron el propósito de la captura de reses para el consumo, sino,
más aún, tuvieron por finalidad destruir los hatos que ocupaban sus
territorios, mediante la amputación de la lengua de las reses, el “desjarrete” de éstas y a
práctica de otros sistemas que impedían a los semovientes ingerir alimento o
su movilización: Ante los frecuentes
ataques indígenas y en virtud de la situación de guerra planteada entre éstos y
los colonos, los representantes del gobierno regional solicitaban a la administración
central la colaboración para la defensa de los colonos, facilitándoles armas.
La cacería de indios se convertiría en una práctica común en los Llanos y ésta
haría parte de un orden cultural y de una mentalidad de una sociedad regional
que allí se fue conformando en medio de una gran ausencia de los sistemas de
control social del Estado. Las quejas y memoriales enviados a la
Presidencia de la República sugieren la
ejecución cada vez más frecuente y generalizada de actos de percusión a los
indígenas por parte de quienes se titulan “civilizados”:
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